El viento trae una copla...

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Inundados de promesas nació primero como sueño. Se proyectó, se añoró y se acarició durante largos años. Pero cuando finalmente comenzó a forjarse se convirtió en protesta, en pedido de reconocimiento, en voz propia manifestada en música popular. Respuesta a la continua marginación de la gestión local. Respuesta a la palabra cruda e ignorante de quienes los ven como un peligro inminente, un mal acechante. Los que los conocemos sabemos que son solo pibes, pibes que son sometidos a la soledad taciturna de un municipio que no los recuerda y que no deja de prometer cuando necesitan su compañía. Porque no dejan de ser sus padres números en un padrón eleccionario y ellos, futuro de más votos. Sabemos que están en peligro pero que no son peligrosos.

El nombre que elegimos para la murga es la representación más cruda y directa de cómo se sienten frente a la gestión del gobierno local. Se sienten inundados hace años, porque no solo vienen de largas historias de lluvia en sus hogares sino también de promesas en sus cotidianeidades. Promesas, conocido recurso de los gobernantes a la hora de necesitar un voto, promesas que generan ilusiones que quedan irresolubles a los ojos de los más vapuleados por este sistema que los ha arrojado a la pobreza diaria.

En la Pampa chica, lugar donde se forjó la identidad de Inundados de promesas, se ve como llegando a períodos eleccionarios los representantes, y aquellos que quisieran representar al municipio de Mercedes, reparten residuos de ilusiones para conformar lo que consideran como urgente. Sin ponerse a pensar jamás que es la urgencia ni la dignidad.

Los inundados fueron aplaudidos y reconocidos. Gritaron que están siendo ahogados por considerarlos generaciones perdidas por los mismos que les prometen un cambio. Y así, con promesas y alegría a cuestas, los Pampitas también conocidos como “Inundados de promesas” sacan sus patas del charco para brillar en el asfalto.

Jorgelina Silva


 
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